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¿De dónde viene la cultura del beso?

Qué irónico es que el roce de nuestros labios pueda generarnos tantas sensaciones contrastantes: escalofríos, contención, nervios, seguridad, amor. ¿Quién no tiene una colección de besos preferidos? Que, en realidad, son mucho más que eso. Son un momento, una historia, un vínculo, es el simple hecho de estar vivos. Tan vivos que en ese acto tu corazón puede generar desde 70 a 150 latidos por minuto.  

“Un beso lento, insomne, apresurado, irreverente. Un tormento de glándulas por excesiva adrenalina. Cualquier cosa por un beso de tu boca”, escribía Marita Troiano en 1998, como tantos otros autores inspirados por este gesto de amor.  De hecho, una de las primeras producciones cinematográficas en 1895 se basó en una proyección de 50 segundos que filmaba en primer plano un beso apasionado.

Este acto humano, de tantos incógnitos y pasiones, fue la inspiración de gran parte de nuestra cultura. Desde las pinturas de la época medieval hasta el street art. Y no sólo eso, también fue objeto de estudio para los intelectuales. Por ejemplo,  Sigmund Freud lo tomaba como un pilar clave en el psicoanálisis: definió el beso como la quinta esencia del placer oral (es decir,  besar a alguien en la boca es el primer paso para despertar el deseo y llegar a algo más).

¿Pero en qué momento se volvió tan importante culturalmente? Bueno, pues, desde que la historia tiene registros. La referencia más antigua son piedras esculpidas en los templos de Khajuraho, India, que datan de 2.500 a. C. Sin embargo, según los antropólogos, hace más de dos millones de años los homo sapiens ya se besaban para demostrar afecto y pertenencia a un mismo clan.

¿Y el lado romántico de dónde viene? A ver, demos un pequeño tour histórico para descubrirlo. En los registros de la antigua Grecia, se ven principalmente hombres intercambiando besos sin ningún significado sexual o romántico. Lo mismo sucede en las pinturas recuperadas de Pompeya, aunque con parejas heterosexuales. Esto comprueba que su connotación romántica se desarrolló mucho más tarde, en la época medieval, gracias a la literatura europea.

Además, la religión católica en ese entonces lo tomaba como la unión de dos almas, ya que ésta se expresa a través del aliento vital. “¡Que me bese con los besos de su boca!”, cita la Biblia en un verso del Cantar de los cantares. Por ende, su gran influencia en Occidente hizo que esta idea se propagara y tomara cada vez más fuerza.

Dejando de lado las teorías sociológicas e históricas, la ciencia fundamenta este gesto debido a que la mucosa de la boca es sensible a las hormonas sexuales, como la testosterona que contiene la saliva. Por eso los humanos nos besamos, para reproducirnos.

Sin embargo, por experiencia, sabemos que es mucho más que eso y que, tal vez, nunca logremos entender por qué nos genera tanto. Es que algunos misterios se disfrutan más así, sin saberlos. Así que besa mucho y déjate llevar por las sensaciones de ese roce.

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